Erase en un pueblo que se encontraba a lo alto de la montaña, en el cual se contaba mucho una historia de una bruja que hacía tinieblas todos los primeros de noviembre. Una niña pequeña llamada Ana no sabía la historia que se contaba, así que siempre se preguntaba porque había tinieblas los primeros días de noviembre.
Un día la pequeña Ana ansiosa por saber le preguntó a su mama porque siempre ocurría eso, que hubiera tinieblas. La mamá con miedo de contarle a su hija le dijo:
- Es que cuentan en el pueblo que hay una bruja en el fondo del bosque que hace tinieblas.
La pequeña Ana después de esa charla de tanto suspenso se preguntaba como hará la tiniebla estaba aturdida, hasta que un día se armó de valor y fue al bosque caminando y caminando, no le veía fin hasta que calló rendida, se acomodo entre los árboles.
A la mañana siguiente despertó en una acomoda cama preguntándose que hacía ahí, si ella se había quedado dormida en el bosque. Abrió la puerta y escuchó muchos ruidos, así que bajo las escaleras y una señora muy amable le dijo:
- Buenos días pasaste bien la noche ayer, te encontré muy solita. Dime estas perdida?
Ana contesto: – No es que estoy buscando una bruja que hace tinieblas en el fondo del bosque.
La señora respondió: – Yo hago tinieblas y vivió al fondo del bosque y no soy una bruja.
La pequeña Ana sorprendida dijo: - No eres una bruja!, entonces me puedes enseñar a hacer tinieblas? - Claro que sí. – Dijo la señora.
La niña entusiasmada dijo: – Porque siempre haces tinieblas todos los primeros de noviembre? - Porque en esa fecha hay una flor muy especial que solo la hay en esa fecha, es por eso. Después de todo el día que la señora se pasó enseñándole a Ana como hacer tinieblas.
- O no! se me ha hecho tardísimo!! Mientras que en el pueblo sus papas desesperados buscándola tomaron la conclusión de que se la había llevado la bruja así que todas la mamas protegían a sus hijos. Los padres se preparaban para ir a aprender a la bruja del bosque de las tinieblas. La niña se despidió de la señora y le dijo que volvería mañana para seguir aprendiendo. Corriendo entre los árboles apresurada llegó al pueblo, subió a lo mas alto y dijo: – Atención tengo que decirles que no existe la bruja, es simplemente es una señora muy buena, que cuando yo fui en busca de esa dichosa bruja me encontré con una buena señora que me enseñó a hacer tinieblas. Todos se miraron y pensaron que tenia razón pero tenían que comprobarlo, así que al siguiente día Ana fue a buscar a la amable señora y todos le empezaron a preguntar; y ella respondió con certeza y todos le creyeron. Así que desde entonces ya no se cree que es una bruja y muchas personas van para que les enseñen toda su inteligencia y sabiduría.
FIN
Los ojos del duende
Cuando Jazmín despertó, una intensa luz rompía el cristal de
la ventana en diminutas partículas que luego iban a parar al suelo y se
evaporaban antes de tocarlo. Se irguió en la cama y un pegajoso olor a alcohol
le recordó lo sucedido: el incendio que había arrasado con todo lo que tenía y
la llegada del bombero que la tomó en brazos y la llevó en andas a través de
las llamas. En su cabeza las imágenes se iban sucediendo con aleatoriedad, y, a
medida que avanzaban, una sensación de agotamiento y desesperanza se iba
apoderando más y más de ella.
Llevaba días en cama y nadie había venido a visitarla. Esa
tarde entró una joven de mirada luminosa.
—Hola, me llamo Clara. ¿Cómo estás?
—No sé quién eres.
—No, disculpa. Vengo de parte de Índigo.
¿Era posible que la memoria no fuera capaz de recordar un
nombre tan extravagante? Lo intentó. No había caso. Le respondió que no conocía
a nadie con ese nombre. Clara le dijo.
—Sí, tienes que recordarlo. Era amigo tuyo en la infancia.
Siguió intentándolo. Nada. Le dijo que ni una sola fotografía
se había salvado del accidente, por lo que tampoco podía usar las instantáneas
para rememorar a ese tal Índigo. Y, después de mucho intentarlo, Clara abandonó
la habitación, deseándole que se mejorase.
—Voy a morir, lo sé. Ya nadie me recuerda. Voy a morir como
todos los demás.
—No, Índigo, no dejaré que eso pase.
—Ya has visitado a media ciudad, gente que en su infancia
creía en mí y que ahora, ni siquiera recuerda mi nombre. ¡No sigas perdiendo el
tiempo!
Clara llevaba varios meses intentando ayudarle sin resultados
aparentes. Pero se había prometido que jamás bajaría los brazos. Después de
3000 años de vida, como todos los duendes, Índigo moriría si no encontraba a
alguien capaz de creer en él. Todos los días de esa semana Clara fue a
visitar a Jazmín y cada uno de ellos le preguntó si había recordado a Índigo.
En una de esas visitas, Jazmín le preguntó.
—Pero ¿qué ocurre con ese tal Índigo? ¿qué te ha dicho de mí?
—Que eran grandes amigos.
—¡Qué raro! Los médicos me han dicho que no he sufrido
lesiones ¿No te parece extraño que no lo recuerde?
—No, porque estás desesperanzada y ya no crees.
—¿Qué tiene que ver eso con los recuerdos?
Se lo contó porque, aunque le había jurado a su amigo que
jamás revelaría su secreto, supo que era la última oportunidad de salvarlo.
Tampoco funcionó. Jazmín comenzó a burlarse de ella y a expresar con claridad
que ya no creía en la magia.
La mirada de Clara se apagó. Ella no era una niña pero sabía
llorar. Había agotado todas sus esperanzas; si al revelar la existencia de
Índigo, Jazmín no había sido capaz de reencontrarse con quien fuera en la
infancia, entonces solo quedaba una cosa: velar junto a él hasta que se
desvaneciera. Porque así mueren los duendes: se van disipando lentamente,
y lo último que se apaga son sus ojos, dos llamitas coloradas que se tornan
amarillentas hasta que las sepulta la oscuridad.
El dolor que Clara sintió fue tan hondo y el cariño por su
amigo tan intenso que las lágrimas la incendiaron de una profunda amargura.
Cuando su amigo la encontró, ella evadía su mirada. Sin embargo, una luz
cegadora la obligó a mirarlo: su diminuto cuerpecito se había vuelto más nítido
que nunca y una enorme sonrisa iluminaba sus ojos.
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